Desheredados

Trémula la luz de las viejas farolas parecía formar unas islas en la obscuridad. De hierro y con los cristales sucios por el paso de los años, ni aun con la ayuda de la humedad que impregnaba las piedras de la calle, lograban desdibujar los rincones donde grotescas sombras se apiñaban y movían para observar.

Estrecha y sucia, nada diferenciaba esta calle de cualquier otra del barrio. Como todas ellas compartía el olor agrio que borrachos y furcias con desparpajo hacen volar allí donde se mueven.

Nadie diría que hasta allí llega el amanecer todos los días. Más de uno, y yo entre ellos, al verla así,  gozando entre amarguras y vomitando en cualquier esquina el olvido que el vino le dio, pensaría que el sol detiene su camino cada mañana en la plaza que le pone fin. Y en cierto modo es así, pues ni siquiera al mediodía, cuando las rameras se levantan habiendo perdido ya el olor a perfume barato, pero conservando el del sudor y la mordedura de los años en el rostro, sin que polvos ni coloretes logren rescatar un rostro iluminado por la esperanza y la juventud, ni siquiera entonces, los rayos de sol llegan a calentar sus piedras.

Maldita es ella y todas sus gentes. Desheredados de la fortuna. Buenas gentes cuyo único pecado es haber perdido su estrella.

Indeseables con hiel por saliva. ¿Quién sabe si por una historia de amor, o un ojo perdido en una guerra que no era suya?

Ni valor para matarse les queda y se envenenan noche a noche, ellos con mal vino, ellas con anís que es más fino y les da el valor para soportar a ese cliente que poco paga y mucho quiere. Que con cara diferente, pero día a día, les ha hecho un callo en el alma. Y fingen vibrar con él como soñaron un día, antes de salir del pueblo, en la ventana, mirando ilusionadas la luna, que vibrarían con ese hombre forjado a fuerza de suspiros y que nunca llegó.

No son más que desgraciados. Pero tiernos. El desconocido que les paga una ronda y les escucha, es su hermano. Venden el alma por un amigo.

Lo bastante complicados para ser simples. Con el calor de un niño, con la sonrisa de él. Solo buscan amor.

Y cuando al cerrar la taberna salen a la calle hablan solos y cantan tristes melodías de otros tiempos, que algún jarro de agua, sin pensar  de que alma brotan esos lloros, ha de apagar para dar paso a las maldiciones.

En casa, los que la tienen, encenderán una vela sucia y amarillenta como ellos y se dejarán caer sobre el colchón y a solas volverán a llorar.

Y así hasta que el corazón les falle, el hígado se les disuelva en alcohol o la pulmonía les atrape. Y los veréis morir en cualquier rincón creyendo que duermen, pues en sus labios veréis una sonrisa. Ya que vosotros no sabéis que solo morir les podría hacer sonreír.

Castellbisbal, 16 de junio de 1984

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