Amanecer

¿Si amaneciera no seríamos más felices? Preguntó Raúl a su madre mientras la miraba con los ojos muy abiertos.

Ella levantó la cabeza y borrosamente, mientras se secaba el llantovio la carita del niño. Lo estrecho contra si y dijo: Si, quizás si.

¿Dónde ha ido papa? Le vi salir.

Lo abrazó aún con más fuerza y unas silenciosas lágrimas cruzaron de nuevo su rostro. Sabía que había sido inevitable. Llevaban ya mucho tiempo soportándose. Su historia era como tantas otras, se conocieron muy jóvenes y se amaron. Durante algún tiempo fueron inmensamente felices. Más tarde comenzaron los roces, al principio espaciados y no demasiado fuertes. Es normal, se decía, todas las parejas se pelean. Pero cada vez se fueron haciendo más habituales las peleas y cada vez eran más intensas. ¿Porqué no lo dejaron entonces? Una y otra vez se repetía. Llevaban mucho tiempo juntos, se habían acostumbrado el uno al otro y da tanto miedo un cambio brusco, un empezar de nuevo, un mirar cara a cara a la soledad…

… Y hoy se habían peleado otra vez, como ayer. Se habían dicho cosas horribles, como siempre, y él se había ido. Pero como cada vez, a lo sumo por la noche estaría de vuelta, la mirada baja, un “lo intentamos de nuevo” o un “lo siento la culpa fue mía, estaba muy enfadado”, y luego un beso para sellar el pacto lo arreglarían todo, para que a la semana siguiente pudiera repetirse la escena.

¡No! ¡Ella estaba harta!

¿Porqué no contestas? ¿dónde fue papá?

Volvió a la realidad y nuevamente se enfrentó a los ojos tristes e interrogantes del niño. No lo sé Raúl, no lo sé

¿Va a volver pronto? Ojala no volviera se dijo a si misma con rabia mientras le decía a Raúl. Si, no tardará mucho.

Si ella se atreviera, si fuera capaz…

Oyó abrirse la puerta de la habitación y mientras el primer rayo de sol se filtraba por la ventana, lo vio apoyado contra el marco de la puerta. Con los ojos bajos le dijo: “Lo siento no pude controlarme, la culpa fue mía” Y ella se acercó para besarle mientras recordaba aquella primera pregunta de su hijo. “No, el amanecer no le había hecho más feliz”.

Castellbisbal, 5 de junio de 1984

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